Antes de que canten los gallos perdidos en los corrales, los ruidos de la casa se me incrustan por la ventana como una aurícula gigante, y lo más tenue, casi inaudible, toma posesión de toda la casa.
No hay rincón desolado: los forjados del edificio desperezándose o encogiéndose de frío o calor; los resquicios de las ventanas tocadas por el crujir y la huida de las salamanquesas; los pasillos y la escalera recorridos por hileras de hormigas fugitivas, salvadas del ántrax-ZZ de la tarde anterior; el goteo incesante del lavabo en el cubo de plástico; las caricias de las toallas sobre los azulejos del jardín; los relojes de pulsera en los cajones que casi nunca se abren; el rumor invisible de los libros transmitiéndose sus historias, paseantes de la leyenda y el conocimiento, de las intrigas y el desasosiego, del amor y las guerras, todo, en un festín de letras cautivadas por la soledad nocturna que los deja libres.
Así me voy entregando lentamente a mi refugio, mientras, cadencioso, casi sin pasos, voy apagando las luces de la cocina, el pasillo y la escalera hasta entregarme en el sillón giratorio de la biblioteca, pulsando el flexo de la mesa, apartando los restos de escritura de la noche anterior, moviendo los libros ahora innecesarios y colocando los codos entre el cristal y la madera de la vieja mesa recuperada en las oficinas de una antigua fábrica de alcoholes vínicos.
No hay rincón desolado: los forjados del edificio desperezándose o encogiéndose de frío o calor; los resquicios de las ventanas tocadas por el crujir y la huida de las salamanquesas; los pasillos y la escalera recorridos por hileras de hormigas fugitivas, salvadas del ántrax-ZZ de la tarde anterior; el goteo incesante del lavabo en el cubo de plástico; las caricias de las toallas sobre los azulejos del jardín; los relojes de pulsera en los cajones que casi nunca se abren; el rumor invisible de los libros transmitiéndose sus historias, paseantes de la leyenda y el conocimiento, de las intrigas y el desasosiego, del amor y las guerras, todo, en un festín de letras cautivadas por la soledad nocturna que los deja libres.
Así me voy entregando lentamente a mi refugio, mientras, cadencioso, casi sin pasos, voy apagando las luces de la cocina, el pasillo y la escalera hasta entregarme en el sillón giratorio de la biblioteca, pulsando el flexo de la mesa, apartando los restos de escritura de la noche anterior, moviendo los libros ahora innecesarios y colocando los codos entre el cristal y la madera de la vieja mesa recuperada en las oficinas de una antigua fábrica de alcoholes vínicos.
