miércoles, 11 de febrero de 2009

martes, 13 de enero de 2009

El silencio de la casa

Antes de que canten los gallos perdidos en los corrales, los ruidos de la casa se me incrustan por la ventana como una aurícula gigante, y lo más tenue, casi inaudible, toma posesión de toda la casa.
No hay rincón desolado: los forjados del edificio desperezándose o encogiéndose de frío o calor; los resquicios de las ventanas tocadas por el crujir y la huida de las salamanquesas; los pasillos y la escalera recorridos por hileras de hormigas fugitivas, salvadas del ántrax-ZZ de la tarde anterior; el goteo incesante del lavabo en el cubo de plástico; las caricias de las toallas sobre los azulejos del jardín; los relojes de pulsera en los cajones que casi nunca se abren; el rumor invisible de los libros transmitiéndose sus historias, paseantes de la leyenda y el conocimiento, de las intrigas y el desasosiego, del amor y las guerras, todo, en un festín de letras cautivadas por la soledad nocturna que los deja libres.
Así me voy entregando lentamente a mi refugio, mientras, cadencioso, casi sin pasos, voy apagando las luces de la cocina, el pasillo y la escalera hasta entregarme en el sillón giratorio de la biblioteca, pulsando el flexo de la mesa, apartando los restos de escritura de la noche anterior, moviendo los libros ahora innecesarios y colocando los codos entre el cristal y la madera de la vieja mesa recuperada en las oficinas de una antigua fábrica de alcoholes vínicos.

Overli

¡Que cosa tan absurda ir a un sitio a buscar inspiración para una obra de arte, buscar un lugar para escribir un libro ¡ Esto decía JRJ en uno de sus aforismos cuando se refería al arte. Y esta es la sensación que se tiene, sin ser capaz de bajar la mirada, cuando nos encontramos ante un cuadro de Overli. Un estremecimiento súbito hace acercarte a sus cuadros como quien necesita paladear mejor ese manjar plástico que nos ofrece la creatividad del pintor ayamontino. Tenía la inspiración dentro.
Sabemos, sin necesidad de rebuscar en ningún tratado que, la obra bien forjada por iluminación y trabajo, sobrevive a su autor, le sobrepasa, en definitiva lo hace perdurable, y por lo tanto, sustancia necesaria para aquellos que sientan la necesidad de fijar su mirada ante la obra de un artista.
En un encuentro necesario y, ya a cinco años de su muerte, ha querido el buen saber de Fernando Serrano, junto a la entrañable Magdalena, compañera de Overli, acercar el pintor a la Casa de Juan Ramón, entrar en las estancias del poeta y quedarse un tiempo, fusionados en lo intemporal de la pintura y la poesía por la casa de la calle Nueva.
Bajo el título del “Mágico mundo de Overli”, en los que fueran los viejos aposentos del moguereño universal, podemos contemplar el excelente trazo punteado que, como tildes de color y luz, son capaces de deleitarnos por esa secuencia de punto a punto que da vida al onírico mundo overliano. Imposible no detenerse en los alucinados ojos de los retratos, hipnotizados por el color sin sombras que acceden al imaginario del hábil creador.
Anibal Alvarez, premonitorio en el tiempo, anunció hace más de veinticinco años que Overli seria “un pintor para la posterioridad y que no entendía el silencio en torno a un pintor de tamañas cualidades”. ¡Que de actualidad siguen aquellas apreciaciones.
Recuperar al pintor por su obra es una deuda que tiene el arte onubense con este creador que sobrepasó lo emocional, dejándonos sin tibieza su real e imaginario mundo “para plasmar el canto de la poesía pictórica”. No sólo es tiempo para recuerdos.